En un bosque de arrayanes de la Patagonia, la primavera anuncia su llegada.

En la base del tronco de un viejo árbol de coihue, una colonia de abejorros mangangá trabaja en su nido. Lo amplían, lo reconstruyen, organizan sus depósitos de comida, asisten a su reina y alimentan a sus larvitas, que pronto se convertirán en abejorritos.

Cada día una parte de la colonia sale del nido y va en busca de las bellas flores amarillas del amancay. De ellas extraen el rico polen y el dulce néctar que les da la energía para volar, armar el nido, reproducirse y alimentar a sus crías.

A cambio las mangangá son las encargadas de polinizar las flores del amancay, esparciendo polen de unas a otras, favoreciendo la producción de semillas, para que nuevas flores sigan creciendo, en todos los rincones posibles de los bosques patagónicos.

En la oscuridad del nido, bien abrigadas, se alimentan y crecen las pequeñas mangangá. Una de ellas se llama Mangú, ya le están creciendo las alitas y sueña con volar ligera bajo el sol.

Aprende, día a día, sintiendo y escuchando a sus hermanas mayores, tan gordotas, peludas y zumbonas. Mangú siente sus ráfagas de aire cálido cuando despliegan las alas fuera del nido. Y las escucha, a su regreso, cuchichear sobre flores, polen, sol y vientos.

Entre el tiempo del alimento y el del sueño, Mangú crece desarrollando un robusto cuerpo con seis patas, un frondoso pelaje castaño anaranjado y dos ágiles alitas con las que mañana por la mañana saldrá a volar por primera vez.

Con el luminoso poncho del amanecer sobre la puerta del nido, los abejorros se organizan en grupo.

– ¡Arriba pequeñas, desplieguen sus alitas! – dijo la mangangá más experimentada. Al unísono sonaron alas y panzas zumbonas. Una nube de inquietos abejorros se desplazó, cruzando desde el agrietado coihue hasta el lampiño arrayán.

Mangú se posó firme sobre una rama baja del arrayán. ¡Lo había conseguido! Al igual que sus hermanitas, todas y cada una habían cruzado con éxito su primer tramo de bosque.

– ¡Lo hicieron muy bien! Ahora daremos la vuelta al árbol. Volaremos hasta las flores del amancay, para que aprendan a saludarlas y extraer con cortesía el néctar y el polen de su interior. Vayan con confianza y sin separarse – dijo la mangangá más experimentada.

Apresurada e inquieta, Mangú dispuso sus alas y batió fuerte, saliendo por unos cuántos pelos antes que sus compañeras. ¡Estaba volando! Todo aquello imaginado en el nido de pronto se volvía una emoción fresca y real. Sentía la vitalidad de la mañana en el bosque, y el calorcito del sol en su pelaje. Tan maravillada iba Mangú en su primer vuelo que se descuidó y pafff…

Mangú caía abrumada entre las ramas del arrayán. Pronto sintió sobre su cabeza, el volar zumbón y auxiliador de sus hermanas mayores:
– Pequeña Mangú te golpeaste con las flores blancas del arrayán, ¿cómo estás?
– Hermanitas, mis alitas no se mueven– respondió dolorida.
– Tranquila Mangú, te llevaremos hasta el nido y la reina te curará.

Entre todas la llevaron junto a la reina, que la atendió y alimentó con la miel más rica. Esa noche Mangú soñó con el sonido del viento en el bosque y con el aroma de los árboles.

Al día siguiente Mangú despertó con la suave voz de la reina sobre su rostro.

– Buen día, ya estás mejor. Ahora es tiempo de volver a volar, aún no has conocido a los amancay. Sus flores son hermosas y dulces y nos alimentan, pero además nos necesitan. Parte del polen que hoy recojas de una flor lo compartirás con otra flor, y con ello permitirás que los amancay sigan viviendo en nuestros bosques.

Mangú se reanimó curiosa y, abrazando con sus alitas a la reina, se deslizó hacia la puerta del nido a encontrarse con sus hermanas.

La ronda de salida estaba pronta a comenzar. Mangú se sentía feliz. La mangangá más experimentada le explicó que conocería a los amancay; que con su lengüita se alimentaría directamente de sus flores y que luego las polinizaría con sus pelos.

En la puerta del nido primero danzaron los abejorros mayores y luego salieron en grupo las pequeñas mangangá.

Ese día, bajo el sol naciente de la primavera madura, las flores del amancay brillaban doradas de bienvenida. Mangú se posó con suavidad en una de ellas y extendió su larga lengüita. Sintió un sabor poderoso y extraordinario. Un sabor patagónico que se hizo suyo para siempre.

- FIN -

Glosario

Abejorro mangangá (“Bombus dahlbomii” para los científicos): Abeja grandota, peluda y de color naranja, vive en el sur de Argentina y Chile.

Amancay (“Alstroemeria aurea”): Hierba de grandes flores amarillo oro, crece en los bosques del sur de Argentina y Chile.

Arrayán (“Luma apiculata”): Árbol de flores blancas y tronco color canela anaranjado. Crece en los bosques del sur de Argentina y Chile.

Coihue (“Nothofagus dombeyi”): Árbol de gran tamaño y hojas no caedizas. Forma extensos bosques en el sur de Argentina y Chile.

Colonia: Familia de abejorros que viven juntos en un nido. Formada por la mamá “reina”, sus hijas, las “obreras”, e hijos, los “zánganos”.

Larva: Es el nombre que tienen los “bebes” de los abejorros y otros insectos, apenas salen del huevito.

Lengüita: Especie de trompita que tienen los abejorros y abejas para “libar”, o chupar (como si usaran un sorbete) el néctar de las flores.

Néctar: Líquido dulce producido por las flores para atraer y recompensar a los animales que las polinizan.

Patagonia: Extensa región al sur de Argentina y Chile formada por grandes montañas, bosques y estepa.

Polen: Pequeños granitos producidos por las flores. Al llegar a otras flores de la misma especie, hacen que éstas puedan dar semillas (ver “polinizar”).

Polinizar: Llevar el polen de una flor hacia otra de la misma especie. Los abejorros y otros animales polinizan las flores cuando las visitan buscando alimento.

Créditos

Autor: Marcelo López
Ilustraciones: Hernán Soriano
Información científica: Dra. Carolina Morales - INIBIOMA (CONICET – U.N. del Comahue)
Narración: Liliana Herrero
Locución: Franco Torchia
Música original: Facundo Flores
Mezcla y mastering de sonido: Nano Grasso
Coordinación general: Paula Orrego y Silvina Freiberg
Diseño y desarrollo web: Pablo Grandinetti
Músicos invitados: Manuela Weller Sarmiento (cello) y Andrés Nizovoy (flautas)

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